Lector de código de barras, balanza, impresora de tiquetes y cajón de dinero, con el tiquete electrónico enviado a Hacienda y el inventario descargado en la misma operación. Y si se cae el internet, la caja sigue vendiendo.
La combinación más común en un comercio costarricense es una caja registradora por un lado y un facturador electrónico por otro, con alguien pasando las ventas del día de un sistema al otro. Funciona hasta que no cuadra, y entonces hay que averiguar cuál de los dos tiene razón.
Aquí la caja es el mismo sistema que lleva el inventario y emite los comprobantes. Cuando el cajero cobra, esa venta ya salió como tiquete electrónico hacia Hacienda, ya descargó las existencias del producto y ya entró en el cierre de caja del turno. No hay traspaso nocturno ni cuadre manual, porque nunca hubo dos sistemas.
Cada producto lleva su código de barras y, además, un código de caja más corto para lo que se digita a mano —la fruta, el pan, lo que no trae etiqueta—. El cajero pasa el lector o teclea el código y la línea se llena sola con la descripción, el precio y el impuesto que le corresponde.
La balanza se conecta por puerto serie y el peso entra directo en la línea de la venta, sin que nadie lo lea de una pantalla y lo teclee en otra. Es la diferencia entre pesar y cobrar en un movimiento o en tres.
El tiquete se imprime en la impresora térmica del mostrador al confirmar la venta, y el cajón de dinero se abre solo cuando corresponde. El sistema reconoce las impresoras instaladas en esa máquina y los tamaños de papel que cada una admite, así que no hay que pelear con configuraciones para que el tiquete salga del ancho correcto.
Es la pregunta que hace todo el mundo y la que decide la compra, porque una caja que no puede cobrar es una fila que se va. El sistema vigila la conexión por su cuenta: comprueba el acceso a internet cada diez segundos y la respuesta del servidor cada cuarenta.
Si algo de eso falla, el modo sin conexión se activa solo, sin que el cajero tenga que hacer nada ni darse cuenta, y la caja sigue cobrando e imprimiendo. Cuando la conexión vuelve, el sistema espera cinco minutos —para no entrar y salir con una conexión inestable— y regresa a la normalidad.
Al cerrar el turno, el sistema arma la hoja de arqueo: lo que debería haber contra lo que el cajero contó, separado por medio de pago. Efectivo, tarjeta y transferencia se cuadran por aparte, que es la única forma de saber dónde está el faltante cuando aparece uno.
Las entradas y salidas de efectivo del turno —el vuelto inicial, un pago a un proveedor que llegó al mostrador, un retiro— quedan registradas como movimientos de caja y entran en ese cuadre. Cada cierre guarda su informe de ventas y se exporta a Excel para el contador.
Cada caja es una terminal con su propia numeración de comprobantes, dentro de la sucursal a la que pertenece. Es exactamente como Hacienda espera que se numeren los documentos cuando hay más de un punto de emisión, así que abrir una segunda caja o una segunda sucursal es configuración, no un sistema aparte.
En una misma caja se cambia de cajero con una tecla, y cada quien conserva la venta que tenía a medias: si el cajero de la mañana deja una venta sin cerrar y entra el de la tarde, ninguno pierde lo suyo ni hereda lo del otro.
Hay una aplicación de Android para vender fuera del mostrador: en la feria, en la ruta de reparto, en el salón del restaurante. Trabaja con su propia base de datos en el teléfono, así que no depende de la señal para funcionar y sincroniza cuando la hay. Cada dispositivo es una terminal más, con su numeración, y desde ahí también se vende, se hacen devoluciones y se cierra caja.
Un punto de venta rápido depende de que el catálogo esté bien armado, y ahí es donde el sistema hace la diferencia: cada producto tiene su código CABYS —que determina la tarifa de IVA del tiquete—, su costo, y varios niveles de precio. El precio al público y hasta dos precios de mayoreo conviven en el mismo artículo, de modo que la misma caja atiende al cliente de mostrador y al que compra por cantidad.
Los productos se organizan en departamentos, líneas y localizaciones, que es lo que después permite mirar un informe por categoría en vez de una lista de mil artículos sueltos. Y el inventario se corrige contra la realidad con la toma física, sin tener que fabricar facturas de ajuste.
Para vender, no: el sistema abre en el navegador. Pero la impresora de tiquetes, el cajón de dinero, la balanza y el modo sin conexión sí necesitan un servicio pequeño instalado en esa computadora, porque un navegador no puede hablar directamente con el puerto serie ni abrir un cajón. Se instala una vez, y en el teléfono ese papel lo cumple la aplicación de Android.
Es de los casos para los que está pensado, y hay supermercados usándolo: código de barras, balanza, precios de mayoreo, varias cajas numeradas por separado y cierre por turno. Para un comercio pequeño de una sola caja es el mismo sistema con menos cosas configuradas.
Se emite la factura electrónica desde la misma pantalla, con los datos del cliente. El tiquete es para la venta de mostrador que no los pide, que es la mayoría, pero no hay que cambiar de módulo cuando alguien sí los da.
Con su nota de crédito electrónica, referida al documento original, y el producto vuelve al inventario. Con los comprobantes en versión 4.4 la nota debe indicar además qué tipo de corrección se está aplicando; lo explicamos en la guía de la versión 4.4.
Una caja se juzga en el mostrador, no en una lista de funciones. Escríbanos por WhatsApp al 6242-4229 o solicite una demostración y se lo mostramos funcionando, con su catálogo y su equipo.
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